Considerado el material primordial que materializa el diseño sobre el tejido, el hilo de bordar es un filamento textil especialmente concebido para ejecutar una diversidad de técnicas decorativas a través de puntadas precisas y llenas de expresividad.
El hilo es el alma del bordado a mano, un arte ancestral que transforma la tela en un lienzo de expresión. Esta guía completa desentraña el universo de los hilos de bordar, abarcando desde su rica historia hasta los detalles prácticos sobre tipos, materiales, grosores, presentaciones, paletas de colores y los cuidados necesarios para preservar su belleza. Concebida como una fuente de inspiración y conocimiento tanto para quienes se inician en el bordado como para las artesanas experimentadas, ofrece información útil y consejos para optimizar el uso de cada hebra en cada puntada.
El uso de hilos para coser y bordar se remonta a la prehistoria. Se cree que en el Paleolítico las primeras «hebras» surgieron trenzando fibras vegetales o tiras finas de piel de animal, técnicas primitivas que permitieron unir pieles y tejidos. A lo largo de la Antigüedad, diversas civilizaciones perfeccionaron el hilado: en Egipto se produjeron finos hilos de lino, en Mesopotamia se desarrollaron bordados famosos con hilos tintados, y en China se descubrió y extendió la producción de hilo de seda, un material de lujo que pronto llegó a India, Persia y Grecia. Los antiguos romanos y griegos ya bordaban con hilos de algodón, seda, lana y lino, e incluso incorporaban hilos metálicos de oro y plata en prendas ceremoniales. De hecho, Plinio el Viejo atribuye al rey Átalo I de Pérgamo (siglo III a.C.) la introducción de los hilos de oro en el bordado, reflejando cómo desde temprano el hilo no solo unía, sino que también decoraba con riqueza.
Con el paso de los siglos, el arte del bordado siguió evolucionando. Durante la Edad Media, centros como Bizancio y las culturas islámicas refinaron el tintado de hilos en una amplia gama de colores para sus exquisitos bordados. Sin embargo, un gran salto tecnológico llegaría mucho después, con la Revolución Industrial. En 1844, el químico inglés John Mercer descubrió el proceso de mercerización del algodón, que consiste en tratar el hilo con sosa cáustica para hacerlo más fuerte, brillante y receptivo a los tintes.
Esta innovación sentó las bases de los hilos modernos de alta calidad: a mediados del siglo XIX y principios del XX surgieron fabricantes como DMC en Francia (fundada en 1746) y Anchor en Inglaterra, que popularizaron el hilo mouliné de algodón mercerizado de colores sólidos y resistentes. Para 1900, la gama de tonos asequibles aumentó enormemente y el bordado a mano se democratizó, al contar con hilos de calidad consistente producidos a escala industrial. Desde entonces hasta hoy, los hilos de bordar han seguido mejorando en variedad y prestaciones (colorantes más sólidos, fibras sintéticas innovadoras, etc.), pero sin perder su esencia histórica. Cada vez que bordamos con una madeja de hilo, nos conectamos con esta rica tradición que une a todas las culturas a través del tiempo mediante la hebra y la aguja.